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viernes, 10 de julio de 2026

GENTES, COSTUMBRES, TRADICIONES, HISTORIAS, FOLCLORE, PATRIMONIOS Y PAISAJES DE LAS PROVINCIAS DE ESPAÑA:

"DORREGARAY Y LA TRAICIÓN DEL CENTRO".

Escribe: JUAN EMILIO PRADES BEL.

INTRODUCCIÓN: La Tercera Guerra Carlista fue un conflicto civil en España entre 1872 y 1876, enfrentando a los carlistas de Carlos VII contra los gobiernos de Amadeo I, la Primera República y Alfonso XII.

EXPOSICIÓN DOCUMENTAL: 

(Documento 1º, fechado en el año 1877): 

- AÑO 1877: El Siglo futuro, diario católico. 24/8/1877, n.º 567. Nuestro querido colega “La Fé” reproduce el siguiente artículo que se ha publicado en otro periódico de la corte, y que nosotros hubiéramos reproducido a la vez, a no ser por el exceso de original que había en nuestra redacción.

- REVISTA DE LIBROS: "DORREGARAY Y LA TRAICIÓN DEL CENTRO".= Apuntes para la historia de la última guerra civil, por D. Antonio Oliver, general jefe de estado mayor general que fue del ejército carlista del Centro. (Bayona. Imprenta de la Viuda de Lamaignére, año 1876, 249 páginas y 54 de notas, en 4).

- Parece cierto, si hemos de dar crédito a varios testimonios, que algunas personas a cuyas manos llegó esta obra se han dado por enteradas después de leer únicamente su título.

- Parece cierto también, que hasta la fecha no ha tenido muchos lectores, según lo demuestra la singular maniobra, rara vez practicada, de ciertos periódicos ministeriales, quienes, sin duda para buscar lectores al libro, lo insertan por menudas partes en sus columnas.

- Si yo fuera autor del libro (doy gracias a Dios por verme privado de semejante fortuna), doliérame en extremo la conducta de los periódicos mencionados, y aun pusiera de mi parte cuantos recursos fueran necesarios para declinar sus interesados favores. Ahorraríame con ello toda suerte de comentarios, que maldito el favor que hacen.

- La pronta, inesperada y muy singular terminación de la guerra civil en el distrito del Centro hizo nacer toda clase de sospechas, no ya en los carlistas mismos, sino aun entre los más ardientes adversarios.

- El hecho de Cabrera; la conducta manifiestamente poco digna de algunos jefes carlistas, que habiendo merecido, a satisfacción de unos y otros, fama de valerosos, se pasaron luego a sus enemigos en circunstancias muy especiales; varios extraños sucesos que contribuyeron al acabamiento de la triste guerra, mantenida entre hermanos durante un quinquenio, y la imaginación popular, que busca en recónditas causas el origen de sucesos quizá naturales, dieron valor a la opinión de que, más que las armas, habían acabado con los carlistas del Centro otros medios menos nobles y honrosos.

- Claro es, que los jefes de aquella parte de España, tan castigada por la guerra civil, habían de ser el principal objeto de dicha opinión; y como por no sabemos qué artes se había dado en decir que eran alfonsinos en el fondo, y como a poco de ser proclamado D. Alfonso XII hubo un periódico semioficial que anunció la sumisión de Dorregaray, y como ocurrieron también luego otros sucesos inexplicables, la gente dio en asegurar en todos los tonos que existía la traición del Centro.

- Equivocase grandemente el Sr. Oliver al asegurar que esta opinión era exclusiva de los enemigos que tenía su jefe en el campo de D. Carlos, pues quizá participaban de ella más los liberales que los legitimistas, según hemos podido observar cuantos tenemos oídos para oír y ojos para leer.

- Con contar yo entre mis malas cualidades, la de ser en extremo apasionado en mis opiniones, y víctima de la imaginación con más frecuencia de lo conveniente, debo declarar que nunca fui de los que dieron crédito ni valor a las voces mencionadas.

- Aún hoy mismo, después de haber roto el Sr. Dorregaray los lazos que le unían con D. Carlos, entiendo que habrá sido desgraciado, o torpe, o soberbio, mas no traidor.

- Amante, sin embargo, de las glorias de mi país, y persuadido de que el Sr. Dorregaray ha sido en el Norte el único general de punta que ha producido la guerra última en uno y otro bando, duéleme que pudiendo pasar a la historia con cierta aureola, la haya desvanecido del todo, abdicando de sus hechos, de su nombre y de su carácter, al dirigir la incalificable carta que el Sr. Oliver ha incluido entre los apéndices de su obra, y al aprobar el espíritu y letra de esta, que más que tal, es un libelo de mal gusto, dirigido contra una persona a quien han servido hasta el fin de la guerra, y de quien han aceptado toda suerte de mercedes.

- El Sr. Oliver ha creído conveniente demostrar que no ha existido la llamada traición del Centro. Pero lo ha hecho con tan poco tino que hasta el título de la obra se vuelve contra él; porque es ciertísimo que al leerlo de creerse rectamente lo que bien claro dice.

-  A veces ciega el despecho de tal manera, aun a los entendimientos privilegiados, que no hay peso ni medida que avalore las humanas torpezas.

- Resulta de esto que quien gastó tiempo y dinero en allegar testimonios en su abono, consiguió únicamente poner al alcance de los más ciegos sus propias faltas, o al menos oscurecer su inocencia, si la tuviere, hasta cambiarla en aparente culpabilidad. ¿Ha logrado esto el Sr. Oliver en esta ocasión? Dicen que el Sr. Pirala lo dirá en breve y con franqueza.

- Entiendo que los mismos periódicos ministeriales, que con tanta algazara han rebuscado en el folleto en cuestión sus peores páginas, sin considerar que nadie podía contestar debida y merecidamente los ataques personales que contienen, habrán formado del libro una opinión análoga a la nuestra.

- Cierto es que la política tiene exigencias, que en general, somos poco escrupulosos en satisfacer; pero en el fondo del alma la conciencia grita muy alto, ya sea para los ministeriales, ya para los oposicionistas. Y tan cierto es esto, que no siempre hablamos particularmente como escribimos en letras de molde.

- Convino en extremo la conducta de Maroto al partido a quien favoreció del todo con su traición; resonaron algunos aplausos cuando D. Ramón Cabrera renunció a su historia; pero ¿qué opinión han formado todos de ambos señores? ¿Quién ha llorado su muerte?

- Creemos oportuno decir esto, después de haber leído un día y otro día después de la publicación del libro del Sr. Oliver, La Época y La Política.

- En dicho libro se traza la historia de las operaciones militares dispuestas, más bien que acabadas, por el Sr. Dorregaray y los jefes que le acompañaron al Centro, así como de los que allí ejercían de antes diferentes ministerios.

- Para demostrar que durante el mando de aquel general mejoró extraordinariamente la situación del ejercito carlista de Valencia y Aragón, el Sr. Oliver expone lo hecho por otros generales de mando anterior.

- Mas ciego seria quien no viese que esta comparación está hecha con espíritu de manifiesta parcialidad, y sin más objeto que hacer responsables a todos, menos a Dorregaray y los suyos, del abatimiento y desorganización que precedieron al término de la guerra.

- Así es, que todos son cargos para D. Alfonso, Lizarraga, Cucala, etc.; todos descargos para sí y sus amigos.

- Y, sin embargo, el enfermo estaría muy grave, quizá es cierto; pero a manos de Dorregaray murió, lo cual es evidentísimo.

- De no estar hecho con un fin deliberado, el libro fuera útil bajo el punto de vista militar e histórico. El Sr. Oliver ha aprovechado el haber sido jefe del Estado mayor del Centro para ofrecernos curiosos datos, que suponemos exactos, sobre diferentes funciones de guerra, organización militar de las fuerzas carlistas, régimen administrativo impuesto a las comarcas que dominaron, apuros continuos que padecieron por falta de armas y municiones, planes del Gobierno, manejos de cabreristas, como Patero, a quien trata desdeñosamente, jefes importantes, divisiones que entre ellos reinaron, etc.

- Soy enteramente ajeno a asuntos militares. Desconozco por completo, el mecanismo y la pauta a que se sujetan las relaciones técnicas del Estado mayor de los ejércitos; pero no soy tan lego en materia de narraciones históricas. Así, pues, si el libro del señor Oliver fuera solo técnico, no me entrometería en analizarle ni en juzgarle.

- Pero como él ha querido, con notoria intención, darle otro carácter bien distinto, autorizados estamos todos para mirarle de arriba a abajo, y aun para decir que está mal hecho. Su plan es tan defectuoso, que no parece tenerlo. El estilo no tiene gracia alguna. Las digresiones inoportunas son tantas, que más parece escrito para ellas, que, para contribuir a la historia de la guerra, y para demostrar la inocencia de Dorregaray y de sus amigos Álvarez, Oliver y Adelantado.

- No podía ser de otra manera. El verdadero fin del Sr. Oliver es poner de relieve la persona de D. Carlos y de cuantos le han sido fieles.

- A esto se dirige con encono que ni aun se cuida de ocultar. Pero como la pasión es mala consejera, el Sr. Oliver ha dado caídas lastimosas en el discurso de su larga diatriba. Así es, que acusa indirecta, aunque tenazmente, a don Carlos y a sus consejeros de haber disgustado a sus parciales por el indulto del coronel Sánchez, y a renglón seguido confiesa que Dorregaray no estaba dispuesto a fusilarle.

- Empeñase también en demostrar que don Carlos tuvo siempre mala voluntad a Dorregaray. Ignoro si los testimonios que aduce probaran en alguna manera esta suposición; pero quien con ojos imparciales lea el libro, no encontrará en sus páginas sino repetidas y suficientes pruebas de lo contrario.

- De teniente coronel llegó Dorregaray en poco tiempo a capitán general, recibiendo además un título honorífico. ¿Cuál de los generales carlistas obtuvo distinción semejante en esta guerra? ¿Quién ha recibido de don Carlos tantas pruebas de afecto y tantos elogios? ¿A quién ha dirigido una frase tan honrosa como esta que le dijo al mandarle al Centro: “Mas, porque yo no voy, vas tú; lo cual sirva a todos para comprender la extrema confianza que en ti deposito”?

- Quejas sin cuento exhala el libro que examinamos. Comprendemos que reconociesen por origen la torpeza o incapacidad de don Carlos, su mala dirección, su falta de tino al nombrar generales, su mala política, etcétera; pero como hombres honrados e imparciales, (y cuenta que La España no es política, ni lo es el presente articulo), negamos a los Sres. Dorregaray y compañía la justicia de quejarse y suponerse personalmente ofendidos de D. Carlos, quien nunca tuvo para ellos sino mano generosa para cubrirles de grados, títulos, mercedes y pruebas de afecto, sin que valga algún dicho en contrario, que casi no tiene otra autoridad que la muy triste de Patero.

- Y ocurría así aun después de lo del Centro. El Sr. Oliver consigna que en las postrimerías de lo del Norte, D. Carlos manifestó deseos de poner su ejército en manos de Dorregaray, único en cuya capacidad tenía gran fe.

- Es menester cierta gracia, y aun buena memoria, para llevar adelante determinados propósitos, sobre todo cuando van fuera de camino. Sí el Sr. Oliver hubiera tenido en cuenta verdad semejante, no contaría el siguiente hecho, que socava su tesis principal. Refiere, en efecto, después de decir cien veces que D. Carlos nada hacía a gusto de Dorregaray y sus amigos, que bastó una indicación del Sr. Qliver para que aquel se prestase al ascenso de Álvarez a teniente general.

- Tantos hechos análogos pudiéramos decir, que ni las columnas de un número de La Época o de La Política nos bastarían.

- Copia sin correctivo alguno, cierto comunicado del brigadier Jiménez Palacios, en el que, refiriéndose al celebrado canje de Cabanes, se asegura que él y Oliver, manifestaron el deseo de que muy pronto formemos los españoles un solo haz, frase en que los maliciosos han encontrado recóndito sentido.

- Se lamenta de que, cediendo D. Carlos a las exigencias de la opinión de su partido, y según se usa en casos semejantes, se abriese sumaria a los generales carlistas del Centro, después de acabada la guerra en él, y desciende, en lo que a su prisión toca, a consignar ridículos pormenores, quejándose hasta de si le hacían mal la cama, y si se levantaba polvo cuando barrían el cuarto donde se le recluyó.

- En cambio no explica el abandono de Cantavieja, donde inútilmente se sacrificó una escogida parte del ejército carlista, ni tampoco otras varías cosas, que son precisamente las que más han alimentado las sospechas de los malévolos.

- El Sr. Hernando, al escribir la Historia de la guerra civil última, lo ha hecho con una mesura, una discreción y templanza que jamás se alabarán bastante.

- No ha seguido su camino el Sr. Oliver, y por eso es de justicia censurarle enérgicamente. ¡Que disculpa tiene, por otra parte, un hombre que pelea largos años en defensa de una buena o mala causa, y luego de derrotada la abandona, y, lo que es peor, la ultraja con acerbo encono? Si D. Carlos era tal como el Sr. Oliver lo pinta, y su jefe Dorregaray reconoce, ¿cómo permanecer a su lado hasta el momento de caer en desgracia, y cómo aceptan sus beneficios, órdenes y mercedes? ¿No fuera mejor y más propio de corazones generosos mostrarse cortesanos de la desgracia? ¿Acaso para aprovecharse de los beneficios de la amnistía y volver a España era necesario escribir un libelo contra aquel a quien juraron y defendieron como rey y señor?

- Largamente pudiéramos hablar de la obra “Dorregaray y la traición del Centro”. Mas preciso es terminar esta tarea, cuyo mejor remate será el siguiente suelto que acabo de leer en el periódico noticiero: “El exgeneral carlista D. Antonio Oliver, jefe que fue del Estado Mayor de D. Carlos, ha solicitado por conducto del cónsul de España en Burdeos, que se le permita regresar a España, acogiéndose al decreto de amnistía de 20 de Febrero último. Lo mismo han solicitado ocho individuos más que figuraron en las fuerzas insurrectas.»

- Tengo por trasnochada la noticia, pues según mis informes, hace ya tiempo que el Sr. Oliver volvió a su patria.= Juan Catalina García.

Juan Catalina García López (1845-1911) (Salmeroncillos de Abajo, 24 de noviembre de 1845-Madrid, 18 de enero de 1911) fue un arqueólogo, historiador, bibliógrafo y político español. 

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