GENTES, COSTUMBRES, TRADICIONES, HISTORIAS, FOLCLORE, PATRIMONIOS Y PAISAJES DE LAS PROVINCIAS DE ESPAÑA:
"DORREGARAY Y LA TRAICIÓN DEL CENTRO".
Escribe: JUAN EMILIO PRADES BEL.
INTRODUCCIÓN: La Tercera Guerra Carlista fue un conflicto civil
en España entre 1872 y 1876, enfrentando a los carlistas de Carlos VII contra
los gobiernos de Amadeo I, la Primera República y Alfonso XII.
EXPOSICIÓN DOCUMENTAL:
(Documento 1º, fechado en el año 1877):
- AÑO 1877: El Siglo futuro, diario católico. 24/8/1877, n.º 567. Nuestro querido colega “La Fé” reproduce el siguiente artículo que se ha publicado en otro periódico de la corte, y que nosotros hubiéramos reproducido a la vez, a no ser por el exceso de original que había en nuestra redacción.
- REVISTA DE LIBROS: "DORREGARAY Y LA TRAICIÓN DEL CENTRO".=
Apuntes para la historia de la última guerra civil, por D. Antonio Oliver,
general jefe de estado mayor general que fue del ejército carlista del Centro.
(Bayona. Imprenta de la Viuda de Lamaignére, año 1876, 249 páginas y 54 de
notas, en 4).
- Parece cierto, si hemos de dar crédito a varios
testimonios, que algunas personas a cuyas manos llegó esta obra se han dado por
enteradas después de leer únicamente su título.
- Parece cierto también, que hasta la fecha no ha
tenido muchos lectores, según lo demuestra la singular maniobra, rara vez practicada,
de ciertos periódicos ministeriales, quienes, sin duda para buscar lectores al libro,
lo insertan por menudas partes en sus columnas.
- Si yo fuera autor del libro (doy gracias a Dios
por verme privado de semejante fortuna), doliérame en extremo la conducta de los
periódicos mencionados, y aun pusiera de mi parte cuantos recursos fueran
necesarios para declinar sus interesados favores. Ahorraríame con ello toda suerte
de comentarios, que maldito el favor que hacen.
- La pronta, inesperada y muy singular terminación
de la guerra civil en el distrito del Centro hizo nacer toda clase de
sospechas, no ya en los carlistas mismos, sino aun entre los más ardientes
adversarios.
- El hecho de Cabrera; la conducta manifiestamente
poco digna de algunos jefes carlistas, que habiendo merecido, a satisfacción de
unos y otros, fama de valerosos, se pasaron luego a sus enemigos en
circunstancias muy especiales; varios extraños sucesos que contribuyeron al
acabamiento de la triste guerra, mantenida entre hermanos durante un
quinquenio, y la imaginación popular, que busca en recónditas causas el origen
de sucesos quizá naturales, dieron valor a la opinión de que, más que las
armas, habían acabado con los carlistas del Centro otros medios menos nobles y
honrosos.
- Claro es, que los jefes de aquella parte de España,
tan castigada por la guerra civil, habían de ser el principal objeto de dicha opinión;
y como por no sabemos qué artes se había dado en decir que eran alfonsinos en el
fondo, y como a poco de ser proclamado D. Alfonso XII hubo un periódico semioficial
que anunció la sumisión de Dorregaray, y como ocurrieron también luego otros
sucesos inexplicables, la gente dio en asegurar en todos los tonos que existía
la traición del Centro.
- Equivocase grandemente el Sr. Oliver al asegurar
que esta opinión era exclusiva de los enemigos que tenía su jefe en el campo de
D. Carlos, pues quizá participaban de ella más los liberales que los
legitimistas, según hemos podido observar cuantos tenemos oídos para oír y ojos
para leer.
- Con contar yo entre mis malas cualidades, la de
ser en extremo apasionado en mis opiniones, y víctima de la imaginación con más
frecuencia de lo conveniente, debo declarar que nunca fui de los que dieron
crédito ni valor a las voces mencionadas.
- Aún hoy mismo, después de haber roto el Sr.
Dorregaray los lazos que le unían con D. Carlos, entiendo que habrá sido
desgraciado, o torpe, o soberbio, mas no traidor.
- Amante, sin embargo, de las glorias de mi país, y
persuadido de que el Sr. Dorregaray ha sido en el Norte el único general de
punta que ha producido la guerra última en uno y otro bando, duéleme que
pudiendo pasar a la historia con cierta aureola, la haya desvanecido del todo,
abdicando de sus hechos, de su nombre y de su carácter, al dirigir la
incalificable carta que el Sr. Oliver ha incluido entre los apéndices de su
obra, y al aprobar el espíritu y letra de esta, que más que tal, es un libelo
de mal gusto, dirigido contra una persona a quien han servido hasta el fin de la
guerra, y de quien han aceptado toda suerte de mercedes.
- El Sr. Oliver ha creído conveniente demostrar que
no ha existido la llamada traición del Centro. Pero lo ha hecho con tan poco tino
que hasta el título de la obra se vuelve contra él; porque es ciertísimo que al
leerlo de creerse rectamente lo que bien claro dice.
- A veces
ciega el despecho de tal manera, aun a los entendimientos privilegiados, que no
hay peso ni medida que avalore las humanas torpezas.
- Resulta de esto que quien gastó tiempo y dinero
en allegar testimonios en su abono, consiguió únicamente poner al alcance de los
más ciegos sus propias faltas, o al menos oscurecer su inocencia, si la
tuviere, hasta cambiarla en aparente culpabilidad. ¿Ha logrado esto el Sr.
Oliver en esta ocasión? Dicen que el Sr. Pirala lo dirá en breve y con franqueza.
- Entiendo que los mismos periódicos ministeriales,
que con tanta algazara han rebuscado en el folleto en cuestión sus peores
páginas, sin considerar que nadie podía contestar debida y merecidamente los ataques
personales que contienen, habrán formado del libro una opinión análoga a la
nuestra.
- Cierto es que la política tiene exigencias, que en
general, somos poco escrupulosos en satisfacer; pero en el fondo del alma la conciencia
grita muy alto, ya sea para los ministeriales, ya para los oposicionistas. Y
tan cierto es esto, que no siempre hablamos particularmente como escribimos en
letras de molde.
- Convino en extremo la conducta de Maroto al
partido a quien favoreció del todo con su traición; resonaron algunos aplausos
cuando D. Ramón Cabrera renunció a su historia; pero ¿qué opinión han formado
todos de ambos señores? ¿Quién ha llorado su muerte?
- Creemos oportuno decir esto, después de haber
leído un día y otro día después de la publicación del libro del Sr. Oliver, La
Época y La Política.
- En dicho libro se traza la historia de las operaciones
militares dispuestas, más bien que acabadas, por el Sr. Dorregaray y los jefes
que le acompañaron al Centro, así como de los que allí ejercían de antes
diferentes ministerios.
- Para demostrar que durante el mando de aquel
general mejoró extraordinariamente la situación del ejercito carlista de
Valencia y Aragón, el Sr. Oliver expone lo hecho por otros generales de mando
anterior.
- Mas ciego seria quien no viese que esta
comparación está hecha con espíritu de manifiesta parcialidad, y sin más objeto
que hacer responsables a todos, menos a Dorregaray y los suyos, del abatimiento
y desorganización que precedieron al término de la guerra.
- Así es, que todos son cargos para D. Alfonso,
Lizarraga, Cucala, etc.; todos descargos para sí y sus amigos.
- Y, sin embargo, el enfermo estaría muy grave,
quizá es cierto; pero a manos de Dorregaray murió, lo cual es evidentísimo.
- De no estar hecho con un fin deliberado, el libro
fuera útil bajo el punto de vista militar e histórico. El Sr. Oliver ha aprovechado
el haber sido jefe del Estado mayor del Centro para ofrecernos curiosos datos,
que suponemos exactos, sobre diferentes funciones de guerra, organización
militar de las fuerzas carlistas, régimen administrativo impuesto a las
comarcas que dominaron, apuros continuos que padecieron por falta de armas y municiones,
planes del Gobierno, manejos de cabreristas, como Patero, a quien trata desdeñosamente,
jefes importantes, divisiones que entre ellos reinaron, etc.
- Soy enteramente ajeno a asuntos militares.
Desconozco por completo, el mecanismo y la pauta a que se sujetan las
relaciones técnicas del Estado mayor de los ejércitos; pero no soy tan lego en
materia de narraciones históricas. Así, pues, si el libro del señor Oliver
fuera solo técnico, no me entrometería en analizarle ni en juzgarle.
- Pero como él ha querido, con notoria intención,
darle otro carácter bien distinto, autorizados estamos todos para mirarle de
arriba a abajo, y aun para decir que está mal hecho. Su plan es tan defectuoso,
que no parece tenerlo. El estilo no tiene gracia alguna. Las digresiones
inoportunas son tantas, que más parece escrito para ellas, que, para contribuir
a la historia de la guerra, y para demostrar la inocencia de Dorregaray y de
sus amigos Álvarez, Oliver y Adelantado.
- No podía ser de otra manera. El verdadero fin del
Sr. Oliver es poner de relieve la persona de D. Carlos y de cuantos le han sido
fieles.
- A esto se dirige con encono que ni aun se cuida
de ocultar. Pero como la pasión es mala consejera, el Sr. Oliver ha dado caídas
lastimosas en el discurso de su larga diatriba. Así es, que acusa indirecta,
aunque tenazmente, a don Carlos y a sus consejeros de haber disgustado a sus
parciales por el indulto del coronel Sánchez, y a renglón seguido confiesa que Dorregaray
no estaba dispuesto a fusilarle.
- Empeñase también en demostrar que don Carlos tuvo
siempre mala voluntad a Dorregaray. Ignoro si los testimonios que aduce probaran
en alguna manera esta suposición; pero quien con ojos imparciales lea el libro,
no encontrará en sus páginas sino repetidas y suficientes pruebas de lo
contrario.
- De teniente coronel llegó Dorregaray en poco
tiempo a capitán general, recibiendo además un título honorífico. ¿Cuál de los
generales carlistas obtuvo distinción semejante en esta guerra? ¿Quién ha
recibido de don Carlos tantas pruebas de afecto y tantos elogios? ¿A quién ha
dirigido una frase tan honrosa como esta que le dijo al mandarle al Centro: “Mas,
porque yo no voy, vas tú; lo cual sirva a todos para comprender la extrema
confianza que en ti deposito”?
- Quejas sin cuento exhala el libro que examinamos.
Comprendemos que reconociesen por origen la torpeza o incapacidad de don Carlos,
su mala dirección, su falta de tino al nombrar generales, su mala política,
etcétera; pero como hombres honrados e imparciales, (y cuenta que La España no
es política, ni lo es el presente articulo), negamos a los Sres. Dorregaray y compañía
la justicia de quejarse y suponerse personalmente ofendidos de D. Carlos, quien
nunca tuvo para ellos sino mano generosa para cubrirles de grados, títulos,
mercedes y pruebas de afecto, sin que valga algún dicho en contrario, que casi
no tiene otra autoridad que la muy triste de Patero.
- Y ocurría así aun después de lo del Centro. El Sr.
Oliver consigna que en las postrimerías de lo del Norte, D. Carlos manifestó
deseos de poner su ejército en manos de Dorregaray, único en cuya capacidad tenía
gran fe.
- Es menester cierta gracia, y aun buena memoria,
para llevar adelante determinados propósitos, sobre todo cuando van fuera de camino.
Sí el Sr. Oliver hubiera tenido en cuenta verdad semejante, no contaría el siguiente
hecho, que socava su tesis principal. Refiere, en efecto, después de decir cien
veces que D. Carlos nada hacía a gusto de Dorregaray y sus amigos, que bastó
una indicación del Sr. Qliver para que aquel se prestase al ascenso de Álvarez a
teniente general.
- Tantos hechos análogos pudiéramos decir, que ni
las columnas de un número de La Época o de La Política nos bastarían.
- Copia sin correctivo alguno, cierto comunicado
del brigadier Jiménez Palacios, en el que, refiriéndose al celebrado canje de
Cabanes, se asegura que él y Oliver, manifestaron el deseo de que muy pronto
formemos los españoles un solo haz, frase en que los maliciosos han encontrado
recóndito sentido.
- Se lamenta de que, cediendo D. Carlos a las
exigencias de la opinión de su partido, y según se usa en casos semejantes, se
abriese sumaria a los generales carlistas del Centro, después de acabada la
guerra en él, y desciende, en lo que a su prisión toca, a consignar ridículos
pormenores, quejándose hasta de si le hacían mal la cama, y si se levantaba polvo
cuando barrían el cuarto donde se le recluyó.
- En cambio no explica el abandono de Cantavieja,
donde inútilmente se sacrificó una escogida parte del ejército carlista, ni
tampoco otras varías cosas, que son precisamente las que más han alimentado las
sospechas de los malévolos.
- El Sr. Hernando, al escribir la Historia de la
guerra civil última, lo ha hecho con una mesura, una discreción y templanza que
jamás se alabarán bastante.
- No ha seguido su camino el Sr. Oliver, y por eso
es de justicia censurarle enérgicamente. ¡Que disculpa tiene, por otra parte, un
hombre que pelea largos años en defensa de una buena o mala causa, y luego de
derrotada la abandona, y, lo que es peor, la ultraja con acerbo encono? Si D.
Carlos era tal como el Sr. Oliver lo pinta, y su jefe Dorregaray reconoce,
¿cómo permanecer a su lado hasta el momento de caer en desgracia, y cómo
aceptan sus beneficios, órdenes y mercedes? ¿No fuera mejor y más propio de
corazones generosos mostrarse cortesanos de la desgracia? ¿Acaso para
aprovecharse de los beneficios de la amnistía y volver a España era necesario
escribir un libelo contra aquel a quien juraron y defendieron como rey y señor?
- Largamente pudiéramos hablar de la obra “Dorregaray
y la traición del Centro”. Mas preciso es terminar esta tarea, cuyo mejor remate
será el siguiente suelto que acabo de leer en el periódico noticiero: “El exgeneral
carlista D. Antonio Oliver, jefe que fue del Estado Mayor de D. Carlos, ha
solicitado por conducto del cónsul de España en Burdeos, que se le permita
regresar a España, acogiéndose al decreto de amnistía de 20 de Febrero último.
Lo mismo han solicitado ocho individuos más que figuraron en las fuerzas
insurrectas.»
- Tengo por trasnochada la noticia, pues según mis
informes, hace ya tiempo que el Sr. Oliver volvió a su patria.= Juan Catalina
García.
Juan Catalina García López (1845-1911) (Salmeroncillos de Abajo, 24 de noviembre de 1845-Madrid, 18 de enero de 1911) fue un arqueólogo, historiador, bibliógrafo y político español.
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